El mejor lugar de comida venezolana en Buenos Aires

El otro día estaba comiendo milanesa en un restaurante y de postre pedimos un helado que venía incluido con el menú. Era algo simple: helado de vainilla. Pero cuando lo probé mi mente hizo automáticamente una regresión a mi infancia y de repente me encontraba en la salida de mi colegio, pidiendo un palito de helado de vainilla al Sr. Fonseca (así se llamaba el heladero). El sabor era exactamente el mismo y enseguida dije: este helado me recuerda mucho a uno que solía comer de niña. Evidentemente lo disfruté como si fuese una obra maestra, pero analizándolo fríamente era solo un helado de vainilla servido en una copa con una cucharita. Ni más ni menos.

Se podría decir que me ocurrió algo parecido al crítico culinario de la película de Pixar: Ratatouille. En la parte final, al recibir la comida que le sirve el ratoncito, Antón Ego se introduce en la boca la primera rebanada, y las imágenes profundamente poéticas nos arrastran hacia su niñez, al campo, a la huerta, a las hortalizas y al pueblo donde se crio. El olor y su sabor lo transportan a un maravilloso momento pasado de su vida quizás ya olvidado. La poesía de los sentidos, la armonía de los aromas, la belleza de una comida creativa, el arte de cultivar no sólo una necedad básica para sobrevivir, si no el mero placer de comer y disfrutar. Al degustar el plato, no solo estaba probando una exquisitez culinaria, sino que, además, por una breve fracción de tiempo estaba de vuelta en casa.

Siempre he pensado que no soy una persona apegada a los lugares, a las personas o las cosas. No me cuesta seguir adelante y si me lo propongo me desprendo con bastante facilidad. Por eso, aunque Venezuela hubiese sido el país que todos deseábamos que fuera, creo que de igual forma hubiese emigrado o al menos me habría ido un tiempo a vivir al extranjero. Esto no tiene nada que ver con el país, ni con las personas, hablo simplemente de mi personalidad y de mi forma de ver la vida. Hay quienes tienen un sentido de pertenencia muy fuerte con sus costumbres, sus tradiciones y eso es perfectamente respetable. Yo me considero un poco más “abierta” por decirlo de alguna forma y siento que podría vivir en cualquier país del mundo y adaptarme lo mejor posible

Pero si algo he aprendido es que no importa en qué parte del mundo estés o que tan desprendido seas, inconscientemente siempre vas a buscar “algo” que te recuerde a tu hogar.

Por eso un día me desperté con un antojo enorme de comer Pabellón, así de simple. Tenía más de un año sin comer comida venezolana y no paraba de hablar de tajadas y caraotas. Así que, me puse a buscar en Internet y encontré un restaurante que tenía miles de seguidores en Instagram y en el que servían pabellón. Me animó ver las fotos y decidí que el fin de semana nos íbamos a aventurar a ver que tal.

Alerta de Spoiler: Es el peor lugar en el que he comido desde que llegué a Buenos Aires y no voy a decir el nombre, pero debo contar lo que pasó allí antes de mencionar el otro lugar que descubrimos un par de semanas después y al que siempre volvemos.

Esta es la historia: luego de tomar el tren y finalmente llegar al destino (nos quedaba lejos de casa), mi primera impresión fue que el ambiente no me gustó. La música estaba a un nivel excesivamente alto y como no había ventanas se escuchaba un eco ensordecedor. La atención fue pésima pero lo peor fue la comida. Me explico: al principio pedí un pabellón y mi novio una cachapa con carne mechada. La chica que nos atendió nos tomó la orden y luego regresó más tarde para decirnos que no había carne mechada, que si de igual forma queríamos el pabellón (?). Evidentemente le dije que no, eso es como pedir una pizza sin queso. Mi novio exclamó entonces: ¿Si no hay carne mechada para el pabellón, si hay para la cachapa? Nos quedamos pensando. Mientras tanto, al lado había una pareja que estaba comiendo lo que deduzco era el último pabellón, pero para mi sorpresa lo servían como en una especie de “torre”, tipo “gourmet”, es decir, una cosa encima de la otra y eso hacía que se viera sumamente pequeño y extraño.

Luego de presenciar eso, la chica regresa a la mesa unos minutos después y nos comenta que tampoco hay carne para la cachapa. Yo le digo que lo deje así y que me traiga la cachapa solamente con queso. Mi novio pide una arepa con pernil.

Cuando finalmente nos traen la comida, pruebo la cachapa y la masa estaba espantosa, como si no se hubiese cocinado bien. La arepa de mi novio era pequeña con un pedazo seco de pernil, una rodaja de tomate y salsa golf, o sea… ¡salsa rosada! ¿Dónde está la salsa de ajo? Pensé. A ese punto estaba muy molesta, pero al menos el papelón con limón estaba bueno. Luego de medio comer, pagamos (fue costoso) y nos fuimos. No dejamos propina.

Yo salí tan brava que hice unas historias en mi Instagram contando la experiencia y haciendo una reflexión que ahora quisiera compartir por aquí: nuestra comida NO es Gourmet. Probablemente si te vas al restaurante de Sumito Estévez o a uno caro en Caracas si te lo sirvan de esa forma, pero hablamos de lugares con trayectoria. Nuestra comida en general, no es la más elegante pero eso precisamente es lo que la hace tan especial y así nos gusta: abundante, grasosa, que sea una explosión de sabores en tu boca, todo poéticamente servido en esos platos que tiene tu abuela en su casa que son todos diferentes y están rayados, pero eso es parte del encanto.

Por eso no comprendo ese empeño de algunos venezolanos que abren restaurantes en otros países de servir nuestra comida de forma “gourmet”. El otro día escuchando el podcast de Maiah Ocando narró que fue a un lugar de comida venezolana en California y le sirvieron una cachapa acompañada de lechuga. ¡QUÉ ES ESO!

Personalmente, si yo quiero ir a un restaurante gourmet, lo hago. Pero cuando se va a un lugar de comida venezolana, uno no va buscando eso, uno va buscando la comida del pueblo de uno o por lo menos quiero pensar que la mayoría piensa así. ¿Por qué? Porque esa es la comida que nos transporta a momentos especiales de nuestra vida en la que fuimos felices, compartiendo con nuestra familia, vecinos y amigos de la cuadra donde vivíamos.

¿Recuerdas cuando llegabas del colegio con hambre y tu mamá te servía sopita y luego un pabellón acompañado de un juguito de parchita? A eso me refiero. A que muchas veces, la mejor comida de cada país es la de la calle o la que hacen las abuelas en sus casas. Si viajas a México y quieres probar los mejores tacos, no te vayas a un restaurante costoso, vete al taquero de la plaza. Si estas en Argentina y quieres comerte la mejor milanesa con papas fritas, no te vayas a la zona turística, vete a ese restaurante escondido en algún lugar de Belgrano que lo maneja el mismo señor desde hace años.

Muchos dirán que tal vez sirven la comida de esa forma para agradar visualmente más a quienes no son venezolanos, pero nosotros no tenemos por qué cambiar o modificar nuestra comida para que le guste a los demás, así como es, le gusta a todo el que la prueba y debemos estar orgullosos de eso. Además, nuestra comida hay que hacerla con amor porque si un extranjero va a un lugar como al que fui, probablemente se vaya pensando que la comida en general de los venezolanos es así, y no, nuestra comida es única y deliciosa.

Quería contar toda esta experiencia para que entendieran un poco mi punto de vista con respecto a este tema y ahora sí, vengo a hablarles del mejor lugar de comida venezolana al que he ido en Buenos Aires después de esa experiencia.

Se llama Guaica Bar y queda en Florida 537, subsuelo local 315. En su Instagram están sus horarios y demás información.  Irónicamente, no tuve que tomar el tren para ir, me queda a 10 minutos caminando desde casa.

La comida es excelente, abundante y a buen precio. El local es pequeño, pero es muy agradable porque está decorado con una temática indígena. No tienen miles de seguidores en Instagram ni es el más popular, pero deberían. Hay un menú diario de comida casera y los fines de semana sirven pabellón. No trabajan los domingos. Hay arepas, empanadas, tequeños y natilla. No tienen cachapa, pero sirven postres como torta tres leches y una sopita del día que te va a llegar al corazón.

Acá te dejo fotos de diferentes momentos en los que hemos ido para que saques tus propias conclusiones. No hay mucho más que agregar, solo que siempre vuelvo a Guaica Bar porque me hace sentir en casa, un lugar sencillo que te recuerda de dónde vienes y hacia dónde quieres ir. Si tienes ganas de sentirte como en la Venezuela bonita que alguna vez todos vivimos, que lamentablemente ya no existe pero que esperamos que algún día regrese, pásate por allá y luego me cuentas como te fue.

 

 

 

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3 comentarios

  1. No es precisamente de dominio público que quizá el último bocado que probó Gustavo Cerati antes de sumergirse en el coma del que nunca despertó, fue una arepa. Ese detalle en manos de un hábil publicista podría popularizar más la arepa en Argentina y servir de portaviones al resto de la comida venezolana.

  2. Maravilloso recorrido que nos indujo al recuerdo inevitable de la
    bella infancia de cada lector venezolano por supuesto se mezclan sentimientos de alegria con melancolía, la nostalgia del terruño para los que están fuera y los que estamos aqui el sentimiento propio que produce la ausencia del ser querido. Animo Maria se que eres valiente y capaz ya recogerás los frutos del esfuerzo presente. TQM. 👍🙏🏼💕💕💕🇻🇪🇻🇪🇻🇪💐🌹San Cristóbal- Tachira- Venezuela.

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