La Suite Venezolana

“Todos sabemos que el ser humano es complejo, múltiple, contradictorio, que está lleno de sorpresas, pero hace falta una época de guerra o de grandes transformaciones para verlo. Es el espectáculo más apasionante y el más terrible del mundo. El más terrible porque es el más auténtico. Nadie puede presumir de conocer el mar sin haberlo visto en la calma y en la tempestad. Sólo conoce a los hombres y las mujeres quien los ha visto en una época como ésta. Sólo ése se conoce a sí mismo”.

Libro: La Suite Française.

En mayo de 1940 el ejército alemán derrotó a las fuerzas francesas en apenas 15 días. El 25 de junio de ese mismo año el Gobierno cayó y los nazis invadieron Francia, autoproclamándose Estado y forzando a sus ciudadanos a vivir bajo sus leyes y normas dictatoriales.

La invasión ocurrió rápidamente; los alemanes ocuparon el país desde el Norte hasta el Centro de Francia, ocasionando uno de los éxodos más importantes de Europa en el Siglo XX. Millones de civiles junto con soldados en retirada, tomaron lo poco que pudieron, dejaron atrás sus hogares junto con sus pertenencias y se lanzaron a las carreteras en dirección al Sur y a las costas francesas en busca de refugio.

Entre los franceses también se encontraban familias de Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo.

Dos años después, la autora ucraniana de La Suite Française”, Irène Némirovsky, moriría en el campo de concentración de Auschwitz, el 17 de agosto de 1942. Acusada de sus orígenes judíos por parte de su padre a pesar de que se había convertido al catolicismo en 1939.

“Suite francesa” se inicia en París los días previos justo antes de la invasión alemana, en un clima de incertidumbre e incredulidad. Tras caer las primeras bombas, miles de familias huyen a las carreteras y al campo en bicicleta o a pie. Al haber caos y anarquía en la logística de huida, otros miles se vieron obligados también a utilizar el transporte de ganado ya que los trenes no fueron suficientes. Némirovsky, dibuja con precisión en la mente del lector lo que fue una dura realidad; escenas, unas conmovedoras y otras grotescas, que suceden en el camino: ricos burgueses angustiados, esposas abandonadas, ancianos y niños olvidados en el viaje, bombardeos sobre la población indefensa en las carreteras, artimañas para conseguir agua, comida y gasolina. A medida que los alemanes van tomando posesión del país, se vislumbra un desmoronamiento del orden social imperante y el nacimiento de una nueva época.

Como joven venezolana, al leer historias así, no puedo evitar comparar el contexto social venezolano con el francés. A pesar de ser en distintas épocas y culturalmente hablando, todo muy diferente, existen ciertas similitudes que trascienden fronteras, idiomas y nacionalidades: El comportamiento humano en tiempos de guerra o en mi caso, de crisis y grandes transformaciones sociales.

La autora nos dice que en épocas de profundos cambios políticos, económicos y sociales, es cuando realmente conocemos a las personas; dichas épocas pueden sacar lo mejor o lo peor del ser humano como individuo, lo que se traduce automáticamente en cómo se comporta e interactúa con los demás, al intentar vivir en comunidad.

Caen las bombas y los Michelet madrugan para ordenar un apartamento al que creen que nunca volverán. Charles Langenet sigue obsesionado con sus porcelanas, lo único que la guerra le puede romper. Madam Perícand olvida al abuelo. Un escritor parisino sin nombre se aferra a sus manuscritos, es todo lo que tiene. Todos son gigantes y diminutos, centrales pero prescindibles. Y todos huyen de la ciudad, cargando sus miedos, sueños y alguna hogaza de pan. La guerra ha llegado junto con toques de queda y racionamiento. Se demostrará quienes sobrevivirán (o no) y sacará lo que realmente todos llevan (o no) por dentro.

Y vemos lo peor: a la esposa solitaria cuyo marido se fue al frente de la batalla y no ha regresado, sin embargo, se hace amante de un soldado alemán. Al alcalde de aquel pequeño pueblo que soborna con puros y whiskey a los nazis para conservar las diminutas cuotas de poder que él asegura que le queda. La viuda que le entrega a los superiores alemanes chismes sobre sus compatriotas: ella es judía pero dice ser católica. El carnicero tampoco se queda atrás y manda cartas anónimas: él es homosexual y debe ser arrestado. Así como el lustrador de zapatos que le roba gallinas al granjero o el albañil que amenazó con matar si la familia del herrero no le daba un trozo de jabón.

Pero también vemos lo mejor: familias que ocultaron a judíos y gitanos en sus sótanos por meses, arriesgando sus propias vidas. Quienes compartieron un pedazo de pan con quienes más lo necesitaban. Aquellos que no bajaron la mirada y no perdieron su dignidad como franceses. Los que ofrecieron sus hogares y una cama caliente a los parisinos que se quedaron sin nada. Los que lloraron juntos la pérdida de un ser querido o los que rieron y se abrazaron frente a una fogata en momentos de efímera felicidad.

Muchos años después, en el siglo XXI, en un pequeño país caribeño atravesando la crisis más profunda de su historia contemporánea, se observa algo similar: El empresario de maletín que se robó el dinero de las medicinas. El bachaquero que especula y juega con la necesidad de los ciudadanos. Los jóvenes que decidieron tomar el camino fácil y hurtan y asesinan con total impunidad. El que se come la luz y no respeta las leyes de tránsito. Los que sobornan y estafan bajo el lema de “sobrevivir”. El que no respeta su turno en la cola o la que golpea y desea pasarle por encima a todos para conseguir un mísero paquete de harina pan.

Y no nos olvidemos de los héroes anónimos de esta historia: el medico que trabaja con las uñas y aun le apuesta al país. La maestra de primaria que a pesar de ganar una miseria no abandona a sus alumnos. Los empresarios y comerciantes que aun hacen dinero honestamente y proporcionan empleo y bienestar. El estudiante que se levanta todas las mañanas y atraviesa media ciudad en camionetica para aprender algo nuevo. El periodista que arriesga su vida e integridad para contar lo que el Régimen quiere ocultar. La señora que limpia todos los días casas ajenas para llevarles una arepa a sus hijos. El exiliado que manda fielmente todos los meses ayuda a su familia y deja el nombre de su país en alto. La vecina que te regala siempre un poquito de azúcar o café a pesar de que no le sobra. Y quienes aún te dan los Buenos Días con una sonrisa, a pesar de que no hay mucho por lo cual sonreír.

Se le puede arrebatar todo a un ser humano, incluso su libertad, excepto una última cosa: su actitud ante una serie de circunstancias, el elegir su propio destino.

Cada quien decide.

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 “Un corazón puro puede brillar aun en la noche más oscura. Y en el más terrible de los tiempos”.

Libro: La Luz que no puedes ver

Otra novela que nos cuenta también el contexto sociológico que se vivió en aquella época, es el libro “La Luz que no puedes ver”. Una maravillosa novela del escritor norteamericano, Anthony Doerr. En él, el autor también nos relata el proceso de transformación social del pueblo francés y como los parisinos no creían y se negaban a aceptar por miedo y soberbia que estaban a punto de ser invadidos, todo esto narrado desde el punto de vista de una pequeña niña parisina ciega llamada Marie-Laurie.

En la Capital abundaban los susurros y Marie-Laurie al no poder ver, los oía todos. Se escuchaba preocupación pero también risas. Unos pocos huían antes de la invasión y la gran mayoría hacía chistes. Suena realmente irónico imaginar a los franceses diciendo: Ne vaut pas penser (No vale yo no creo) mientras leían el periódico y degustaban un croissant.

En la víspera de la invasión, Francia todavía era la tercera potencia mundial, con un imperio equivalente al británico. Sobre el papel, tenían el mejor ejército y habían ganado en 1918, y de repente, en no más de 15 días, todo se hundió. Es el hundimiento moral de todo un país. Creían vivir en un país sólido y no podían parar de preguntarse: ¿Cómo se pudo llegar a una situación como esa en apenas unos días?

Décadas después, los venezolanos nos hacemos la misma pregunta pero en un contexto diferente: ¿Cómo pudimos llegar a esta situación en apenas unos años? La única explicación que encuentro es que la mayoría de la gente no admite que algo puede pasar sino hasta después de que ha pasado. No es estupidez ni debilidad: es solo naturaleza humana y parece que trasciende épocas, fronteras y nacionalidades. No importa si eres un parisino en 1940 o un venezolano en 2002, ambos cometieron el mismo error: creerse inmunes ante las adversidades solo por el simple hecho de tener o un gran ejército o las mayores reservas de petróleo del mundo.

Y al igual que los franceses, miles de venezolanos tuvieron que cargar lo que pudieron y huir de sus hogares en busca de oportunidades o simplemente refugio. La vida puede caber en una carretilla o en dos maletas. Y luego de la guerra… ¿Qué viene? Recuperarse. Lloraremos a nuestros muertos al igual que ellos lloraron a los suyos y recordaremos con asombro lo bueno y lo malo de una de nuestras épocas más oscuras. Y al igual que ellos se preguntaban: ¿Por qué a nosotros? o ¿Qué hicimos para merecer esto? Nos preguntaremos lo mismo y la respuesta es que no hay respuesta. Que algunos pueblos son más afortunados que otros y que hay quienes deben aprender a la mala. ¿Saldremos más fortalecidos? ¿Aprenderemos de esto? Eso espero. Tanta muerte, dolor e injusticia no pueden ser en vano.

Tal vez, también se harán películas, se escribirán libros y poemas: Una francesa que se enamora de su peor enemigo, un alemán. Un padre que busca desesperadamente salvar a su pequeña hija parisina ciega. Dos amantes, uno en Caracas y otra en Madrid que esperan volver a reencontrarse. Un padre que intenta salvar a su hijo y encuentra las medicinas atravesando todos los obstáculos. Un adolescente en un barrio que intenta por todos los medios salir adelante a pesar de la crisis. Otros que se desvían en el camino…

Historias sobrarán.

Pero de alguna u otra forma, siempre habrá vida después de la guerra.

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1 comentario

  1. Hola Alejandra.
    Te mando un saludo y un fuerte abrazo dedesde Uruguay.
    Soy venezolano y te escribo para felicitarte redactas de una manera muy armónica a tu edad es impresionante. Sigue así éxitos y felicidades vendrán tiempos mejores donde escritores tendrán que contarnos lo que vivimos como pais y yo estoy seguro que serás una de ellos. La verdad nos hará libres.

    Atte.
    Carlos Lopez

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